A la izquierda de este entorno se ubican los célebres aljibes: una monumental obra de cantería que mantuvo a la ciudad siempre abastecida de agua y que fue terminada en 1571, durante el glorioso reinado de Felipe II. En la fachada de este monumental complejo aún pueden distinguirse diversas marcas de cantería, grabadas por los propios maestros constructores para identificar su trabajo y acreditar la cantidad de obra realizada. Entre estos signos esculpidos destacan flechas, cruces de Malta, ángulos y otros símbolos que se conservan con bastante claridad a lo largo del paramento de piedra.

La construcción de estos depósitos cuenta con cuatro accesos estratégicos. Los dos accesos situados en el centro conducen directamente a las bóvedas y depósitos principales, cada uno con una capacidad superior a los 500 metros cúbicos de agua. Por su parte, las puertas laterales dan acceso a los decantadores, que eran espacios específicamente pensados para recoger las aguas de lluvia y depurarlas mediante filtración a través de gruesas capas de arena.

El sistema de captación, conducción y tratamiento del agua diseñado para Melilla era verdaderamente sofisticado para la época. El agua procedente de las cubiertas y tejados se canalizaba de forma eficiente tanto hacia los aljibes domésticos como a una cuidada red de conducciones que desembocaba en una arqueta provista de trampilla. Desde ese punto neurálgico, el flujo podía dirigirse a los decantadores para su posterior almacenamiento y purificación o, en caso de que el agua presentara excesivas impurezas, desviarse directamente hacia el desagüe para no contaminar la reserva principal.

Scroll to Top