Tras la incorporación de Melilla a la Corona de Castilla en 1497, la fortaleza fue transformándose progresivamente para adaptarse a los avances de la artillería. Durante los siglos XVI, XVII y XVIII se construyó un complejo sistema defensivo compuesto por murallas, baluartes, fosos, puentes levadizos, galerías subterráneas y fortificaciones escalonadas que hicieron de Melilla una de las plazas fuertes más importantes del Mediterráneo occidental.

Lejos de ser únicamente una fortaleza militar, Melilla la Vieja fue también una auténtica ciudad amurallada. En su interior convivieron militares, comerciantes, religiosos y familias que dieron vida a sus calles, plazas y edificios históricos. Iglesias, hospitales, almacenes, aljibes, cuevas y viviendas forman parte de un rico patrimonio que refleja la intensa actividad desarrollada entre sus murallas durante siglos.

Recorrer Melilla la Vieja es descubrir un espacio donde cada rincón conserva la huella de la historia. Sus calles empedradas conducen al visitante entre bastiones, miradores y monumentos desde los que se contemplan espectaculares vistas del Mediterráneo, el puerto y el ensanche modernista de la ciudad. Además, alberga algunos de los principales recursos patrimoniales de Melilla, como las Cuevas del Conventico, el Hospital del Rey, los Aljibes de las Peñuelas o el Museo de Arqueología e Historia.

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