A diferencia de los fosos medievales, el objetivo principal no era solo impedir el paso, sino ganar espacio y control. Diseñado inicialmente por el ingeniero Ramos de Miranda en 1690, se proyectó como una gran zona de amortiguación —que supera los 30 metros de anchura en algunos tramos— que obligaba a cualquier atacante a quedar completamente al descubierto, sin protección posible, antes de poder siquiera aproximarse a las murallas principales.

Sin embargo, el foso tal y como lo vemos hoy es obra del ingeniero Pedro Borrás, quien entre 1716 y 1719 lo transformó en un frente abaluartado. Un hornabeque es una fortificación avanzada compuesta por frentes angulados cuya disposición geométrica permite el fuego cruzado. Desde las posiciones defensoras se cruzaban las líneas de disparo para eliminar los puntos ciegos y barrer varios sectores a la vez.

La dura topografía rocosa de Melilla se integró de forma activa en el diseño militar: se excavó directamente sobre la roca caliza para crear desniveles pronunciados y pasajes estrechos que ralentizaban por la fuerza cualquier avance terrestre. Además, las posiciones elevadas garantizaban una vigilancia constante del horizonte y permitían el uso de la artillería desde emplazamientos protegidos.

El conjunto funcionaba como una estrategia escalonada: una sucesión de fosos, puentes, accesos controlados y líneas de muralla pensadas como obstáculos acumulados para desgastar al enemigo física y moralmente antes de que pudiera acercarse al núcleo de la Villa.

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