La trascendencia táctica de este tajo en la piedra era tan relevante dentro del sistema defensivo de la plaza que, durante diversos momentos de la historia militar de la ciudad, los ingenieros llegaron a proyectar una profundización mayor del canal con el objetivo de permitir la entrada del agua del mar y convertir así el Primer Recinto en una auténtica isla defensiva, garantizando la inexpugnabilidad del núcleo primigenio de Melilla frente a cualquier asedio prolongado.

El nombre con el que fue bautizado rinde homenaje explícito al apóstol Santiago, cuya patronal figura simbolizaba de forma espiritual la protección de las tropas y la salvaguarda de la fortaleza durante los periodos de mayor hostilidad. Desde una perspectiva puramente arquitectónica, el recinto destaca por la maestría con la que se logró integrar la intervención del hombre con la difícil topografía del terreno natural: sobrios y pesados muros de mampostería refuerzan los paños de la roca madre, alzando muros vertiginosos que dejaban a cualquier atacante expuesto a una posición de absoluta vulnerabilidad desde los adarves y baluartes superiores.

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