Su origen se remonta a los siglos XVI y XVII, cuando comenzaron a excavar aprovechando la roca caliza del promontorio. Inicialmente se utilizaron como almacenes de víveres y municiones, aunque con el paso del tiempo adquirieron una función aún más importante: servir de refugio a la población durante los frecuentes asedios que sufrió la ciudad. Gracias a su ubicación protegida y a su conexión con el litoral, las cuevas garantizaban un espacio seguro para los habitantes del recinto fortificado.

Uno de sus elementos más singulares es la salida hacia la Cala de Trápana, situada al pie de las murallas. Este acceso permitía mantener el abastecimiento de la plaza por mar incluso durante los periodos de asedio, convirtiéndose en una pieza fundamental dentro del complejo sistema defensivo de Melilla la Vieja.

En el mismo entorno se encuentra el Museo de Arte Sacro, un espacio que reúne una interesante colección de obras vinculadas al patrimonio religioso de la ciudad. Pinturas, esculturas, piezas de orfebrería y objetos litúrgicos permiten conocer la evolución artística y espiritual de Melilla a lo largo de los siglos, así como la importancia que las instituciones religiosas tuvieron en la vida de la fortaleza.

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