Durante siglos, este tramo de costa desempeñó un importante papel en la defensa de la plaza. La proximidad del mar hacía de la cala un punto estratégico que permanecía bajo la vigilancia constante de las fortificaciones, evitando posibles desembarcos y protegiendo el acceso al recinto amurallado. Los acantilados, las murallas y los baluartes conformaban un sistema defensivo perfectamente integrado con la geografía natural.

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