Desde la perspectiva de la historia del arte, el templo ostenta la condición de ser el único exponente de arquitectura religiosa en estilo gótico tardío que se conserva en todo el continente africano. Construida en una sólida y pulcra fábrica de cantería de piedra local, su estética medieval salta a la vista en la ligereza de sus proporciones y en la esbelta traza de sus accesos. Sin embargo, su elemento arquitectónico fundamental y de mayor valor artístico reside en su impresionante cubierta: una bóveda de crucería decorada con un refinado sistema de terceletes y claves labradas, solución estructural propia de las grandes maestranzas hispanoflamencas que dota al reducido espacio interior de una prestancia monumental única en el Mediterráneo occidental.

A lo largo de sus más de cinco siglos de existencia, la edificación ha sido testimonio y víctima directa del devenir bélico y sísmico de la plaza militar. Tras décadas de desgaste, la capilla fue objeto de una primera y profunda reconstrucción en 1654, encomendada al ingeniero Pedro de Palacios, momento en el cual se trasladó de forma solemne la venerada efigie de Santiago Apóstol en su hornacina principal como Santo Patrón de España y protector espiritual de las armas hispanas. Apenas seis años después, el edificio sufrió graves desperfectos estructurales motivados por el violento terremoto de 1660. Su periplo más crítico se vivió a comienzos del siglo XX, cuando en 1908 fue desmontada parcialmente para facilitar las obras de acondicionamiento de la batería militar superior. No fue hasta la intervención restauradora impulsada en 1955 cuando el inmueble fue rescatado definitivamente del olvido: durante estos trabajos se eliminaron los groseros tabiques de mampostería y enlucidos superpuestos con los años, sacando a la luz la sillería original y devolviendo el protagonismo absoluto a la piedra labrada.

Más allá de su evidente trascendencia litúrgica y monumental, el recinto encierra un elevado valor dentro de la logística defensiva de la fortaleza. Su estructura interior actúa como punto neurálgico y antesala del complejo entramado de galerías de minas y comunicaciones subterráneas de Melilla la Vieja, al cual se accede a través de una sobria verja de hierro forjado dispuesta en uno de sus paramentos laterales.

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