Décadas después, en 1781, se levantó el Almacén de Florentina para ampliar esta capacidad de reserva bajo el reinado de Carlos III. Trabajando de forma conjunta, ambos recintos permitían guardar toneladas de víveres, como cebada, harina y leña, además de abundante munición, asegurando que la fortaleza pudiera resistir durante meses sin necesidad de recibir suministros por mar. Su estratégica ubicación, resguardada tras el sólido trazado de la Muralla Real, los convertía en el enclave más seguro e inexpugnable de toda la plaza.

Arquitectónicamente, destaca la impresionante robustez de sus muros construidos con piedra local y sus espectaculares bóvedas de rosca de ladrillo. Estas estructuras curvas no solo brindaban una resistencia descomunal contra los bombardeos de la artillería, sino que mantenían en el interior una temperatura constante y fresca, idónea para conservar los alimentos en buen estado a pesar de la acusada humedad marina. El uso de potentes contrafuertes exteriores refuerza la sensación de solidez de un diseño concebido para la eternidad.

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