
Los Almacenes de San Juan Viejo y Florentina
Resumen
Construidos en el siglo XVIII, estos almacenes eran la reserva vital de la ciudad. Sus bóvedas “a prueba de bomba” protegían alimentos y pólvora durante los asedios. Hoy, rehabilitados como sedes de los Museos de la Ciudad, estos edificios de piedra y ladrillo son un testimonio vivo de la resistencia y la cultura melillense.
Datos destacados
- El Almacén de San Juan fue proyectado en 1716 por el ingeniero Pedro Borrás «a prueba de bomba».
- El Almacén de Florentina se construyó en 1781 bajo el reinado de Carlos III para ampliar las reservas.
- Sus gruesas bóvedas protegían víveres, combustible y munición durante los asedios a la fortaleza.
- En la actualidad albergan secciones de los Museos de la Ciudad, como el de Historia y Arqueología.
Los almacenes que garantizaron la supervivencia de la fortaleza
Los Almacenes de San Juan y Florentina representan el auténtico corazón logístico de Melilla la Vieja. En una época donde la ciudad sufría bloqueos constantes, estos edificios no eran simples almacenes, sino la garantía de supervivencia para soldados y civiles. El Almacén de San Juan fue proyectado en 1716 por el ingeniero Pedro Borrás con un objetivo claro: crear un espacio «a prueba de bomba». Esto significaba que sus techos eran tan gruesos y resistentes que podían soportar el impacto directo de los proyectiles enemigos sin que el contenido sufriera daños.
Décadas después, en 1781, se levantó el Almacén de Florentina para ampliar esta capacidad de reserva bajo el reinado de Carlos III. Trabajando de forma conjunta, ambos recintos permitían guardar toneladas de víveres, como cebada, harina y leña, además de abundante munición, asegurando que la fortaleza pudiera resistir durante meses sin necesidad de recibir suministros por mar. Su estratégica ubicación, resguardada tras el sólido trazado de la Muralla Real, los convertía en el enclave más seguro e inexpugnable de toda la plaza.
Arquitectónicamente, destaca la impresionante robustez de sus muros construidos con piedra local y sus espectaculares bóvedas de rosca de ladrillo. Estas estructuras curvas no solo brindaban una resistencia descomunal contra los bombardeos de la artillería, sino que mantenían en el interior una temperatura constante y fresca, idónea para conservar los alimentos en buen estado a pesar de la acusada humedad marina. El uso de potentes contrafuertes exteriores refuerza la sensación de solidez de un diseño concebido para la eternidad.
Con el paso del tiempo, estos edificios perdieron su uso bélico original y han sido cuidadosamente rehabilitados para el ámbito de la cultura. Actualmente, albergan importantes secciones de los Museos de la Ciudad, como el Museo de Historia y Arqueología, permitiendo al público caminar por el mismo espacio donde antes se custodiaba el sustento de Melilla. Su preservación es esencial para comprender que una fortaleza se defiende también con una logística inteligente que protegía la vida de su gente. Hoy, el murmullo de la historia se mezcla con la actividad cultural en estas salas que son motivo de orgullo para todo el patrimonio melillense.
Claves para entender los Almacenes de San Juan y Florentina
La logística que mantenía viva la ciudad
Estos almacenes fueron una pieza esencial del sistema defensivo de Melilla La Vieja. En su interior se conservaban alimentos, leña, cebada, pólvora y munición suficientes para que la fortaleza pudiera resistir largos periodos de aislamiento durante los asedios.
Ingeniería pensada para resistir
La solidez de sus gruesos muros de piedra y sus impresionantes bóvedas de ladrillo permitían soportar los bombardeos enemigos y mantener unas condiciones estables para la conservación de los suministros. Su diseño es uno de los mejores ejemplos de arquitectura militar funcional del siglo XVIII.
Del patrimonio militar a la cultura
Tras perder su función estratégica, los antiguos almacenes fueron rehabilitados para convertirse en espacios museísticos. Hoy permiten descubrir la historia de Melilla desde el mismo lugar donde, hace siglos, se custodiaban los recursos que garantizaban la supervivencia de la ciudad fortificada, uniendo patrimonio, memoria e identidad cultural.

