Ubicada en una posición privilegiada dentro de la Plaza de Menéndez Pelayo, el edificio destaca por su marcado estilo neorrománico. En su trazado arquitectónico sobresale la notable altura de sus naves, organizadas sobre una planta basilical de tres naves que abarca 500 metros cuadrados y ofrece capacidad para más de 2.000 fieles. La nave central, sensiblemente más alta y ancha que las laterales, se cubre con una imponente bóveda de cañón con arcos formeros e integraciones de óculos que inundan de luz el espacio interior, culminando el conjunto en un elegante ábside semicircular rodeado de columnas de orden corintio.

Exteriormente, la fachada principal impone su monumentalidad mediante una portada de arco de medio punto flanqueada por columnas. Sobre el acceso, un sobrio ventanal con rosetón abre paso a una elevada estructura que alberga el campanario y se remata con frontones para relojes y un característico chapitel piramidal. Tras sufrir diversos daños a causa de un fuerte temporal en la década de 1920, el templo fue restaurado en 1927 bajo las directrices del arquitecto Enrique Nieto, consolidando la solidez de sus acabados.

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