Desde una perspectiva constructiva y tipológica, el inmueble destaca por el empleo de una sólida estructura mixta característica de las edificaciones militares de la época: sus paramentos exteriores e interiores combinan gruesos muros de mampostería en piedra local con elegantes arquerías y bóvedas de ladrillo macizo, todo ello rematado por cubiertas tradicionales a dos y cuatro aguas de madera y teja árabe. La distribución espacial del recinto se articula en dos niveles principales dispuestos en torno a un majestuoso patio central porticado. Este claustro neurálgico fue objeto de una sustancial remodelación en 1849 a cargo del ingeniero Manuel de Vilademunt, quien sustituyó las primitivas galerías superiores de madera —más vulnerables al deterioro y a los incendios— por una resistente y monumental arcada de mampostería. Asimismo, el edificio encierra un extraordinario interés logístico y defensivo, ya que en sus niveles inferiores alberga una pasarela subterránea y un túnel abovedado que comunica directamente el hospital con la Puerta del Socorro y el frente marítimo, asegurando una vía discreta de evacuación de heridos o de recepción de suministros estratégicos desde la costa.

Con el avance del siglo XX y la paulatina expansión urbana hacia el ensanche modernista de Melilla, el complejo fue perdiendo paulatinamente sus funciones sanitarias originales, lo que desencadenó un periodo de abandono y un severo deterioro de sus estructuras y cubiertas. No obstante, entre los años 1990 y 1997, el Ayuntamiento impulsó una ambiciosa y premiada rehabilitación integral dirigida por el prestigioso arquitecto José Ignacio Linazasoro Rodríguez, la cual devolvió al edificio su esplendor monumental respetando su esencia histórica y adaptando con gran sensibilidad sus amplias estancias para acoger usos culturales e institucionales de primer orden.

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