Aunque con el paso del tiempo su interior se readaptó para acoger viviendas y locales, el edificio conserva intacta una monumental fachada acristalada que se ha convertido en un auténtico icono urbano. Perteneciente a la corriente del historicismo neoárabe u orientalista, su diseño exterior es un conjunto realmente destacable donde se mezclan con magistral armonía referencias decorativas califales, almohades y nazaríes, visibles en el delicado trazado de sus arcos de herradura, las molduras labradas y las estilizadas columnas de inspiración andalusí.

Su seña de identidad más relevante —y la que le valió su apelativo popular— es el impresionante cuerpo de grandes miradores vidriados que recorre sus plantas superiores. Esta imponente estructura de cristal supuso en la Melilla de la década de 1920 una auténtica revolución arquitectónica y técnica, concebida para captar la luz del Mediterráneo y aportar un toque cosmopolita al centro de la ciudad.

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