En el siglo XVIII, el prestigioso ingeniero Juan Martín Zermeño la reconstruyó para darle su estado actual. En este definitivo rediseño, la estructura quedó rematada con dos torreones laterales, uno de los cuales contaba con una emblemática campana que servía para alertar a la guarnición y a la población del peligro exterior. Esta imponente fortificación defendía específicamente el frente de Tierra, aunque no actuaba de forma aislada: el trazado defensivo global de Melilla se completaba con otras líneas de muralla situadas en los frentes de la Marina, de Levante o de Mar y el de Trápana.

Dentro de este complejo defensivo destaca la Batería Real, un bastión militar estratégico cuyos orígenes se remontan a las primeras fortificaciones de 1515. Su diseño se consolidó tras la remodelación realizada entre 1719 y 1722, que la dotó de siete cañoneras y cubrecabezas pensados para el fuego de fusilería, reforzando además el espacio con la inclusión de un polvorín lateral. Su diseño permitía repeler ataques mediante fuego cruzado y vigilar activamente los accesos, utilizando las plataformas elevadas para albergar cañones y responder ante cualquier incursión.

Más allá de su evidente propósito defensivo y militar, la Muralla Real funcionó durante siglos como el límite físico y simbólico que articuló la vida cotidiana de Melilla La Vieja. Tras sus muros de cantería se distribuyeron las viviendas, los centros religiosos, los edificios administrativos y los servicios de una comunidad cuya existencia estaba totalmente marcada por la seguridad de la plaza militar.

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