Ubicado en un saliente rocoso de extraordinaria relevancia estratégica sobre el mar Mediterráneo, el bastión destaca por cobijar en su entraña constructiva, con un altísimo grado de probabilidad, los restos arqueológicos de la única torre de factura medieval que se conserva en pie en la ciudad. Si bien la mole abaluartada que hoy contemplamos adquirió su morfología definitiva en la centuria ilustrada, la edificación se asienta directamente sobre cimientos datados en el siglo XVII y sobre vestigios fortificados aún más antiguos. Esta superposición de capas constructivas se enriquece además con una arraigada dimensión inmaterial: su denominación tradicional permanece ligada a una antigua leyenda popular que atribuía a sus inmediaciones el papel de escenario para el pronunciamiento de sentencias de ajusticiamiento en la vieja plaza militar.

La propia angostura del acantilado y la reducida superficie original de la torre primigenia obligaron a los ingenieros militares a diseñar soluciones de ingeniería complejas. Con el objetivo de contrarrestar esta limitación espacial y frenar el avance de las artillerías enemigas, en 1697 se levantó en su frente directo el Fuerte Viejo de Santiago. Posteriormente, en 1729, el recinto fue reforzado con la adición de potentes cañoneras abocadas al foso, al tiempo que se articulaba mediante un complejo sistema de puente levadizo que aseguraba la comunicación con el Cuarto Recinto Fortificado, permitiendo un dominio absoluto tanto de las aproximaciones navales como de los accesos terrestres.

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